EL ABOGADO DEL DIABLO:
VICTOR STINFALE
BIOGRAFIA NO AUTORIZADA
CARLOS FERNANDEZ
RATIO IURIS EDICIONES
PROEMIUM
Cuando el autor de esta biografía me pidió que escribiera el prólogo, mi primera reacción fue de sorpresa. No por el honor —que lo es— sino por la pregunta inevitable: ¿por qué yo? La respuesta fue tan simple como inquietante: “porque tenés un perfil parecido”. Se refería a mi carrera como abogado penalista, todavía en sus primeros pasos, y a una forma de entender la profesión que no busca la comodidad ni el aplauso, sino el conflicto, la tensión y la verdad incómoda del derecho penal.
Esa comparación me llamó profundamente la atención. Víctor Stinfale siempre fue, para mí, un nombre fuerte, casi mítico dentro del mundo penal. Lo admiré antes de conocerlo, incluso antes de entender del todo quién era. Lo admiré como se admira a los que no transitan el camino recto, sino el que bordea el abismo; a quienes ejercen la defensa penal no como un trámite, sino como una posición ideológica frente al poder punitivo del Estado.
Mucho antes de interiorizarme en su historia, yo solía decir —en entrevistas, en charlas, a veces provocando deliberadamente— que por el monto adecuado defendería incluso al violador de mi hija y lograría su absolución. No era una frase sobre moral, sino sobre rol: sobre la radicalidad que exige comprender qué significa verdaderamente ser defensor. Una vez, al escucharme, alguien me dijo: “parecés Stinfale”. La referencia era clara: aquel día en que Víctor dijo que hubiera defendido a Hitler. No como reivindicación del mal, sino como afirmación brutal del principio de defensa técnica sin concesiones.
Fue ahí donde empecé a mirar su figura con más atención. A leerlo, a escucharlo, a entenderlo. Y entendí que no se trataba de provocación vacía, sino de una concepción profunda del derecho penal: la defensa como último dique frente al linchamiento moral, mediático y judicial; el abogado penalista como figura incómoda, necesaria y, muchas veces, incomprendida.
Víctor Stinfale se convirtió entonces en un referente. No por sus causas, ni por su exposición pública, ni siquiera por sus caídas, sino por su coherencia brutal con una idea: el defensor no elige personas, defiende derechos. Y esa idea, llevada hasta sus últimas consecuencias, es la que marca a los penalistas de verdad.
Este libro no es sólo la biografía de un abogado. Es el recorrido de una forma de ejercer la profesión, de asumir el costo de pensar distinto y de sostener, aun en los peores contextos, que sin defensa no hay justicia. Por eso acepté escribir este prólogo. Porque, aunque mi carrera recién empieza, sé que algunos elegimos este camino sabiendo que no es el más fácil, ni el más querido, pero sí el más honesto con el derecho penal que creemos.
Víctor Stinfale fue y es un ejemplo. Y los ejemplos no se imitan: se estudian, se discuten y, con el tiempo, se intentan honrar.
Lucas Bianco